Recorrido Día 6: Cementerio Argentino – Cementerio Británico

Con mucho esfuerzo llegamos al último día. Me desperté a las 6 de la mañana, a las 7 desayunamos y a las 8 partimos en la camioneta rumbo al cementerio argentino.

En Puerto Darwin se encuentra el cementerio militar argentino, donde descansan los restos de 230 soldados que murieron durante la guerra de las Malvinas en 1982.  El 11 de diciembre de 2008 el gobierno de Argentina declaró al cementerio lugar histórico nacional mediante el decreto N.° 2131/2008.

El Cementerio Militar de Playa Azul (en inglés: Blue Beach Military Cemetery) es un cementerio militar localizado en cercanías del asentamiento de San Carlos en la isla Soledad, en el que se hallan sepultados 14 de los 255 combatientes británicos que murieron en la Guerra de las Malvinas en 1982.

San Carlos fue la principal cabeza de puente del Ejército Británico durante la Guerra, cuando fue llamado Blue Beach (Playa Azul).

 

 

 

La preparación previa a la salida demandó más tiempo. Aparte de los vendajes, la comida, las bebidas, los suplementos, la vaselina en las cejas para evitar que la transpiración llegue a las cejas. Enseñanza del arbitraje, después de haber quedado ciego en pleno partido producto de la abundante transpiración que invadió mis ojos.

Volvería a utilizar mi indumentaria habitual, incluyendo la mochila ULTRA DESERT de NoAf. Uso los productos NoAf desde hace años, por eso fue una gran alegría recibir el apoyo de la empresa para Unir Malvinas. Fueron los primeros que hicieron su aporte y creyeron en este hermoso Desafío que lleva como mensaje la paz y la unión.

El día 16 uniríamos los cementerios. Era el recorrido más emblemático de todos. El que le daba sentido a los cinco anteriores. La mayor manifestación de respeto. Estábamos a punto de hacer historia en cada una de nuestras vidas y de alcanza el objetivo trazado hacía más de un año. Llevábamos 190 km recorridos. Sería un día largo e inolvidable.

Partimos de la entrada al cementerio argentino rumbo a San Carlos, en un camino conocido. Buen tiempo. Despejado y con mucho sol, el cual iría tomando más fuerza a lo largo del día. El ripio, sólido. Luego de varios días sin lluvia. La elección de las zapatillas Adidas Boost para ese recorrido fue un acierto muy grande. Haber realizado el cuarto recorrido en ese mismo camino nos generó más confianza a todos. Teníamos referencias a cada paso, lo cual hizo que administre el tiempo pero, sobre todo, mis piernas frente al viento que se hacía sentir con una intensidad creciente a lo largo de todo el trayecto de ida. El viento me frenaba y obligaba a caminar en carios trayectos. Intentar correr allí no hubiese generado diferencias en los metros a recorrer y habría consumido mucha energía. Mis aliados invisibles volvían a acompañarme para hacerme ahorrar fuerzas. Tampoco querían que me lesione.

Gracias a los consejos de mi kinesiólogo, Diego Ricciteli, había podido recuperarme y tratar las lesiones que fueron apareciendo pero que, ese día tan importante, esperaba que regresen. El dolor se enmascara y el cuerpo se acostumbra a él pero hay que convivir. La camioneta era una farmacia, heladera, restaurante, hotel. Todo estaba allí. Era un camión de mudanzas y mis amigos, quienes administraban todo ello. Siempre predispuestos, siempre atentos. Convivieron con mis padecimientos, con mis dolores, con mis emociones, con todo lo que nos pasaba a cada paso. Especialmente, ese último día.

El viento ayudó a cuidar mis piernas. Tanto que, recién al kilómetro 20 comenzaron a aparecer los dolores en las rodillas, producto del desnivel del suelo malvinense.

Utilizamos 4h 41m en arribar a San Carlos. Fueron 32 km aproximadamente. Llegamos al cementerio. Lo recorrimos sacando fotos a cada una de las tumbas. Traíamos con nosotros una ofrenda floral y una cruz, con las cuales habíamos planeado homenajear a los soldados británicos caídos.

Realizamos nuestro segundo homenaje, colocando una ofrenda floral en el mural.

 

Emprendimos el regreso sabiendo que el viento, nuevamente, sería nuestro aliado. Volví a conversar con el viento en cada subida, en cada curva, en todo el trayecto donde me demostraba que no estaba solo. Los dolores se fueron intensificando. Las paradas las acortamos a dos kilómetros para poder atender las mismas. Masajes, cremas, parches, de todo. Todo lo necesario estaba en la camioneta gracias a los consejos de mi gran amigo y pilar importantísimo de todo el proyecto, el Dr. Atilio Giordano. No sólo, descubrió que era intolerante al gluten unos meses antes. Me cambió la dieta, bajé 7kg, gané más energía y fuerza en los entrenamientos. Atilio me mandaba audios con recomendaciones, me seguía de cerca. Cuando finalizaba cada recorrido tenía premio. Un cóctel de proteínas, vitaminas, ensure y nesquik. Riquísmo. Los últimos kilómetros pensaba en ese premio pero, después de eso, venía lo más rico de todo. El consejo más importante de Atilio: comé pasta de maní. Trabajó en cascos blancos hace muchos años, aparte de ser un gran médico clínico. Sabe como reponer energía en situaciones difíciles. Como soy fan de Georgalos, los Nucrem de 84g sin TACC viajaron a Malvinas y me ayudaban a reponer energía para afrontar el día siguiente.

Cuando llegué al cruce con la ruta que termina en Darwin, ví la camioneta y a mis dos amigos exultantes de felicidad. Estábamos a menos de 5km del cementerio, de terminar el desafío, de cumplir el objetivo. Alejandro me acompañó con su cámara. Fuimos registrando cada paso. Nuestras sensaciones. Saludamos a los conductores que bajaban la velocidad para preguntar si estábamos bien. Actitud que había sido común durante todos los días anteriores. La solidaridad se hizo notar todos los días. Inclusive, en esa ocasión que un conductor detuvo su marcha para contarme que él también corría, que le encantaba hacerlo y que estaba en un lugar óptimo para ello. Recuerdo su mano buscando a mía para desearme suerte en lo que quedaba de recorrido.

Durante meses había entrenado visualizando el momento de la llegada al cementerio. Me lo imaginé de muchas formas. Ninguna fue como se produjo.

Apenas vi la camioneta, empecé a gritar y a señalársela a Alejandro. Corrimos abrazados hasta fundirnos en un saludo eterno con José Luis. Lo habíamos logrado.

Ingresamos al cementerio. Colocamos otra tanda de rosarios muy emocionados. Cuando nos retirábamos, un pájaro se posó en una tumba. Se trata de un caracara. Alan nos había hablado de esa especie. Nosotros los conocemos como aguiluchos. Empezó a llamar. Era insistente. Su pelaje negro y amarillo hacía muy fácil identificarlo. Su canto se hizo muy intenso. Subió a la cruz de esa tumba. Miraba a varios lados. Ninguno de los días anteriores habíamos notado la presencia de ningún ave. José Luis se acercó sigilosamente. Alejandro y yo volvíamos por el camino central del cementerio. El pájaro no se movía de esa tumba que se encontraba en primera fila. Un pensamiento invadió mi cuerpo y me dije: …”NO PUEDE SER, está en la misma zona que”…Miré hacia adelante y seguí caminando. El pájaro miró hacia los costados y se fue. En ese momento, José Luis nos miró y rompió el silencio que nos había invadido producto de la sorpresa. “…Mirá que loco, este pájaro que vino a la tumba de un tal Soria”…Mi sospecha se había confirmado y le respondí: …” es el soldado al que le dejé la carta ayer!!!”…Los tres nos miramos y no hicieron falta las palabras para entender el significado de aquella visita inesperada.