Recorrido Día 4: Puerto San Carlos – Darwin

El cuarto día parecía el más complejo porque se trataba de un único tramo de 60 km. Emprendimos el viaje desde Darwin hasta Puerto San Carlos muy temprano.

Puerto San Carlos es una pequeña localidad de las islas Malvinas situada en el extremo noroeste de la isla Soledad, sobre la orilla norte de la bahía homónima en la desembocadura del río San Carlos, en aguas del Estrecho de San Carlos.

 

 

En el hotel nos habían advertido que el camino era muy sinuoso y que, a la altura del kilómetro 15 o 20 había una obra. Estaban realizando tareas de mantenimiento del camino. Si bien los caminos son públicos, el mantenimiento de la ruta depende de la estancia que atraviesa. Al llegar a dicho lugar encontramos a toda una familia trabajando. Madre, padre e hijo (no mayor a 15 años) estaban maniobrando potentes máquinas viales cuando superamos el lugar por primera vez. Los volveríamos a encontrar a la vuelta, cuando estaban terminando la jornada y, el último día cuando hicimos el mismo recorrido para unir ambos cementerios.

Había investigado, tenía información que existía 700 metros de desnivel entre los puntos que iba a unir pero nunca pensé encontrarme con tantas subidas y bajadas.

El viaje a Puerto San Carlos parecía no terminar más. Todo ripio. En varias ocasiones, Alejandro y José Luis me preguntaban si estaba seguro de ir tan lejos. Obvio, sigan, que falta poco les respondía pero, me estaba preguntando lo mismo: ¿Era tan lejos?

El verde se confundía entre el pasto y la turba aunque, el color amarillo de la vegetación cortaba el escenario natural que nos estaba regalando Puerto San Carlos. El verde y amarillo me seguía acompañando. La referencia a mi querido Aldosivi siempre estaba presente. Del otro lado del Estrecho, se observaba una colina cubierta de vegetación en la que predominaba el color amarillo. Cuando regresé investigué sobre ese manto amarillo que tanto me deslumbró. Se llama Hebe  franciscana y es oriundo de Nueva Zelanda, Australia y las islas Malvinas. Posee quince especies conocidas y atraen gran cantidad de mariposas. Sin buscarlo, encontré otra respuesta, la cantidad de mariposas que me observé en ese lugar y cuando comencé el recorrido.

Puerto San Carlos

Volvimos a observar árboles cuyas copas se encontraban orientadas por la dirección predominante del viento. No es común encontrar árboles en la geografía de las islas. Por ese motivo, los caminos pueden predecirse con suma facilidad. La ondulación de los mismos aporta una visión inmejorable de lo que vendrá. Así pude imaginarme el recorrido, colocarme metas y vencer la ansiedad durante todo el recorrido. Ese será otro tema para contar.

Regresamos a la entrada de la estancia para iniciar el cuarto recorrido. Mis amigos filmaban y hacían bromas. José Luis estaba preocupado por la dificultad del terreno. Alejandro, en tanto se lo veía más relajado con su cámara de video en mano. Ambos habían desayunado el tradicional British Breakfast que los mantendría con energía durante buena parte de la jornada. Mi preocupación pasaba por no llegar tan tarde, sobre todo por el horario de la cena. Ya habíamos experimentado no cenar sábado y domingo. Aparte, en Darwin House me sentía un privilegiado, ya que me cocinaban aparte. Todo sin harinas.

Había elegido cambiar de calzado para esta etapa. Si bien las Adidas TR7 y las Glide Boost estaban en la camioneta, había optado por las Reebook. Eran un poco más grandes y pensaba que serían de mayor contención frente a la leve hinchazón que habían experimentado mis pies, la cual era esperable e, inclusive, había planificado con los cuatro pares que había llevado a las islas. Comencé la etapa en subida. El ripio estaba en muy buenas condiciones. Sobre todo, seco. La noche anterior le había dicho a Alan que pensaba tardar doce horas en completar el recorrido. Mi miró y me dijo que lo iba a hacer en diez o menos. Cuando nos reencontramos le daría la razón pero, en ese momento pensé que me estaba teniendo mucha confianza.

 

Unos kilómetros antes de nuestro encuentro había tomado la decisión de cambiar el calzado. Las Reebook eran un poco más cómodas pero mucho más pesadas y el terreno estaba muy duro. Iba rápido y pesado. Cada pisada me repercutía muy fuerte en las piernas. No las volvería a utilizar en ninguno de los recorridos. Las Glide Boost serían las elegidas para el resto del día y también, de lo que quedaba por hacer.

El viento era una gran compañía. Siempre a favor, empujaba mucho. Tanto lo hacía que empecé a prestarle más atención. Notaba que siempre estaba a mis espaldas. Observé la vegetación al costado de la ruta y, en muchos lugares, estaba orientada por acción del viento (es algo común en Malvinas) en dirección contraria a la que me dirigía. Cuando iniciaba una bajada, el viento empujaba con fuerza. Cuando tenía que subir, desparecía la acción del viento pero, cuando llegaba a la cima y debía volver a correr, el viento regresaba con fuerza. En las ocasiones que debía doblar, esperaba que el viento me tome de frente o de costado pero, se transformaba en una leve brisa. La emoción me volvió a embargar. Volví a llorar en varios tramos del recorrido.

Llegó un momento en que me detuve en una de las subidas del terreno. Como en ocasiones anteriores, unos metros antes de la cima, el viento había empezado a empujar otra vez. Me dí vuelta y empecé a dialogar con los 649 muertos argentinos y con los 255 británicos. Mis palabras fueron: “bueno, ya entendí. Ustedes me van a empujar todo el recorrido. Cuando ustedes me den la señal vuelvo a correr. Se los agradezco”.

Les agradecía y les hablaba en cada ocasión que el viento regresaba luego de una subida. Esos tramos los caminaba y, cuando llegaba a la cima, el viento me decía que era momento de correr. Era como, si todos ellos, me estuviesen acompañando y empujando. Era como si me dijesen: …”listo, ahora a correr que te acompañamos”. Hubo ocasiones en que intenté convencerlos que me den un par de metros más de descanso pero si ellos lo pedían, volvía a correr.

Unos kilómetros antes de llegar al cruce de la ruta a Darwin, mientras buscaba en el horizonte la punta blanca de la cruz del cementerio, pensé que me podía desgarrar. El dolor se había hecho intenso, el viento seguía empujando y se hacía complicado bajar la velocidad. Durante varios minutos mi cabeza me traía pensamientos negativos. ¿Las consecuencias de una lesión más importante acabaría con el desafío? Todas las variantes que pensaba terminaban mal hasta que decidí cambiar mi cabeza. No había llegado hasta allí para dejarme vencer por un dolor. La fuerza que le estaban dando a mis piernas quienes deseaba homenajear, los mensajes de cada una de las personas que esperaban noticias desde el continente, mis seres queridos. Todos ellos pensaban en positivo. También yo lo haría. El dolor seguía pero no iba a vencer.

A lo lejos observé la camioneta. Había llegado al cruce de la ruta. El cartel de Goose Green con una flecha a la derecha era una realidad concreta. Fotos, filmaciones y abrazo con los muchachos. ¡Ya estamos! En ese lugar, el cementerio se encuentra a menos de cinco kilómetros.

¿Qué necesitas? ¿Qué te damos? Alejandro y José Luis siempre estaban dispuestos para brindarme todo lo que requería. Se habían hecho expertos en encontrar todo. Cuando digo todo, es todo. Sucede que usaba lo que necesitaba y vaya a saber donde lo dejaba. Pensaba que dejaba todo a mano pero nada estaba donde mi mente me decía que lo había guardado. Les pedí el Voltaren en gel. La pierna derecha la sentía muy al límite pero quería llegar. Como sea pero íbamos a lograrlo. Nos despedimos para encontrarnos en el ingreso al cementerio argentino. Todo era alegría.

 

 

Giré a la derecha e inicié el último tramo, el más emotivo. Iba a terminar por primera vez un recorrido en el cementerio. Durante muchos meses había visualizado ese instante. Imaginé que haría. Me arrodillaría. Me quebraría de la emoción. Una y otra vez repetí esa imagen en mis entrenamientos. Me ayudaba mucho para concentrarme y focalizarme en las largas jornadas de preparación.

Algo pasaba. Apenas inicié el trote final, parecía que alguien hubiese prendido un ventilador enorme y me lo estuviese enfocando directamente. Al principio pensé que era pasajero e intenté seguir. No podía. Trotaba a la misma velocidad que caminaba. No podía entender lo que sucedía. Estaba a escasos kilómetros del objetivo y el viento había dejado de acompañarme. Volvía a recordar la cantidad de veces que doblé a la derecha y nunca me esperó de frente. Les volví a hablar a mis ángeles, como lo había hecho muchos kilómetros antes. ¿Porqué no me dejan avanzar, si ya estoy cerca? Encontré la respuesta rápidamente. No querían que me desgarre. Me volvían ayudar y estaba dispuesto a dejar que lo hiciesen.

Corría solo en trayectos cortos, solo cuando el viento me lo permitía. Durante una de mis caminatas, me superó una camioneta rumbo a Darwin. Levanté mi brazo izquierdo para saludar, tal como me había acostumbrado a hacer desde el primer día, ya que los habitantes demostraron mucha solidaridad con nosotros. Si nos veían al costado de la ruta con la camioneta detenida, corriendo o caminando en solitario, reducían su velocidad o detenían su marcha por completo para preguntar si necesitábamos algo.  Mi amiga ocasional interpretó que necesitaba ayuda y clavó los frenos. Puso marcha atrás y detuvo su marcha. Nos separaban veinte metros. Me sentí en la obligación de correr hasta allí para informarle que estaba bien y que le agradecía el gesto. Como pude, lo hice. Le debo haber dado mucha ternura o pena por el rostro que presentaba. Sonrió, me volvió a preguntar: is ok? Haciendo gala de una de las pocas palabras que se pronunciar en inglés, le contesté con un YES acompañado de una gran sonrisa. Nos despedimos y cada uno siguió su camino.

Cuando estaba a trescientos o cuatrocientos metros podía observar el cementerio. Me embargaba la emoción pero ese sentimiento no fue tan fuerte ni me produjo tanta alegría como el cambio de la orientación del viento. La ruta no había cambiado de sentido pero el viento, si. Ahora soplaba otra vez de atrás y desde el costado. Mis ángeles habían decidido que era momento de volver a correr. La llegada sería sin riesgos para mi pierna. Ellos me habían cuidado durante todo el trayecto. Crucé el guardaganado y mis amigos estaban saltando de la alegría junto a la camioneta y al cartel blanco que indica la entrada al cementerio argentino.

Llegada cementerio argentino

Mis ángeles se transformaron en viento y me llevaron hasta el cementerio. Hablo de ángeles porque, aparte de los caídos argentinos y británicos, tengo un ángel de la guarda que es mi papá, Horacio Jorge Scomparin. Casi ocho horas demoré en llegar allí y fundirme en un abrazo con José Luis y Alejandro.