Recorrido Día 3: Perdidos en Monte Longdon

El tercer día, fuimos a Monte Longdon. Era un recorrido corto, para recuperar las piernas. Me perdí durante dos horas. Mis amigos salieron a buscarme pero no me encontraron. Llegué a preocuparme pero pude lograr encontrar el camino de regreso.

El monte Longdon es una elevación de 186 msnm situada en el este de la isla Soledad en las Islas Malvinas.

La batalla de Monte Longdon se desarrolló los días 11-12 de junio de 1982. Argentina tuvo 23 muertos y 47 heridos y Gran Bretaña 31 muertos y 120 heridos.

 

 

A los pocos metros de haber iniciado el recorrido, levanté la vista y observé el Monte Dos Hermanas. Empecé a correr más fuerte para alcanzar la camioneta. Mis amigos iban muy despacio. Observaban el camino o estarán preparando alguna infusión caliente, pensé. A los costados del camino, la vegetación verde tenía mayor altura que la observada los días anteriores. Sólo era interrumpida por formaciones de piedra a ambos lados. Hice mi mejor esfuerzo y logré llegar a la camioneta. Golpee la ventanilla del conductor y les pedí que detuviesen la marcha. La primera reacción fue de preocupación pero estaba exultante. Necesitaba contarles lo que estaba registrando en mis retinas.

Descendieron de la camioneta y les conté la historia de Oscar Poltronieri. Se trata del único soldado conscripto en recibir la máxima condecoración que otorga nuestro país, “Cruz La Nación Argentina al Heroico Valor en Combate”. San Martín y el Sargento Cabral han sido sus antecesores. En youtube se puede ver una película sobre su vida. Se llama “El Héroe del Monte Dos Hermanas”.

Oscar detuvo el avance inglés, permitiendo que sus compañeros pudiesen replegarse. Su accionar heroico salvó muchas vidas. Luego de la rendición, los británicos no podían creer que un soldado conscripto solitario los había detenido. Pensaban que estaban enfrentando un batallón.

Monte Dos Hermanas

El camino presentaba imperfecciones que se habían llenado de agua. Los dos días anteriores había llovido mucho y la ruta era testigo de los vestigios del aguacero.

A medida que el camino iba ganando altura, los charcos iban desapareciendo pero se podía notar un terreno muy desigual a los lados, el cual alternaba entre vegetación y piedra. Esta última empezaba a ganar espacio en la geografía.

Me encontré con la camioneta en el lugar que nos habían indicado en el hotel. En realidad, no se puede avanzar más de ese lugar con vehículo. A partir de allí deberíamos seguir a pie. Las nubes estaban más bajas que de costumbre. Había algo de niebla que no permitía distinguir la cumbre del Monte Longdon.

En Malvinas existen muy pocos carteles con referencias para ubicarse, por lo que había investigado y preguntado mucho sobre cómo llegar hasta nuestro destino del tercer día. Walter Goñi, amigo y compañero de gestión en La Costa, me había dicho: “apenas llegas a la cocina, la cruz se ve de lejos y te ayudará a identificar Longdon”.

Estaba ansioso y comencé a caminar sin importar el tiempo. Alejandro me comenzó a seguir desde una colina cercana hasta que llegó al final de la misma. Me di vuelta, levanté mi pulgar en señal de aprobación y seguí camino. No volvería a girar sobre mis pasos hasta que llegase a una elevación de piedras que, claramente, no era Monte Longdon.

José Luis había entendido bien. Teníamos que ir los tres juntos pero me había adelantado y no me observaban. Buscaban pero no me veían. Decidieron salir al terreno y explorar la zona para encontrarme. A esta altura no estaba ni enterado de lo que pasaba, sólo caminaba para adelante tratando de pisar firme.

En todo el recorrido de ida encontré muchos cráteres de bombas inglesas, algunas posiciones argentinas pero muchas ondulaciones del terreno. A mi regreso, las mismas me imposibilitarían orientarme.

Llegué a un cúmulo de piedras en una altura que, supongo, estaba en una de las laderas del Longdon pero no estoy seguro a qué lugar llegué. Lo cierto es que me di vuelta y estaba perdido. ¿Cómo vuelvo? Ya voy a encontrar el camino, no hay que preocuparse, fue mi primer pensamiento medio en serio medio en broma. Por ese motivo y, porque no sabía dónde me estaba dirigiendo, decidí regresar. Miraba el horizonte y era todo igual. Resolví avanzar en línea recta. Estaba filmando mis pasos para dejar registro de lo que sería un nuevo desencuentro para el anecdotario.

Las cosas no pasan en vano. Estoy convencido de ello. El día anterior había terminado con mucha carga en mis cuádriceps derecho. Había planificado correr y caminar para descansar las piernas. Durante el trayecto de ida hasta el lugar donde estacionamos la camioneta, no había sentido dolor alguno pero tenía que estar atento.

Cuando llegué al hotel de Darwin escuché un audio de Ever donde me recomendaba caminar todo lo posible para recuperarme bien. Me perdí, no llegué donde tenía intención pero descansé la pierna. Recorrí menos kilómetros que los que había planificado. Mis ángeles estaban cuidándome otra vez.

Muchos lugares donde pisaba eran firmes. Era verano, a diferencia de junio de 1982, pleno invierno, la turba era más inestable. Hubo sectores en los cuales el pie se hundía. Ni hubo paso en que no haya recordado testimonios de veteranos de guerra sobre la turba malvinera y lo difícil que es orientarse en esa escenario. Claramente necesitaría realizar un curso de orientación con brújula. En ese momento también recordé una recomendación de Ever: “lleva brújula”. Me di cuenta que tenía razón. Fue un elemento que no tuve en cuenta cuando mis amigos Alejandro y José Luis decidieron sumarse. Ese martes verificaría que había sido un error prescindir de ella.

 

 

Si bien soy un desastre para buscar algún punto de referencia y estaba caminando de día, en situación de paz y en verano. Ellos tres las tenían todas en contra. Esa acción se realizó en Darwin, muy alejado del lugar donde me encontraba pero era un pensamiento recurrente que me provocaba optimismo y mayor admiración por nuestros compatriotas.

Resultaba increíble estar perdido en esa inmensidad y pensar en las historias que había leído sobre ese terreno.

Seguía buscando huellas o indicios que me pudiesen indicar el camino de regreso. Comencé a seguir una huella de camioneta hasta algún lugar en que se perdió. Era como si, a partir de ese lugar, hubiesen desaparecido las huellas. O la cargaron a cococho o la enterraron, pensé. Seguí caminando por instinto hasta que llegué a una ladera. El Monte Dos Hermanas lo veía cada vez más cerca, lo cual me indicaba que me estaba alejando del punto de encuentro.

Al final de esa ladera podía observar un camino de piedra. Bajé rápidamente pero teniendo especial cuidado por mis rodillas y mi tobillo izquierdo. Las bajadas son una tentación para correr rápido pero, en ese momento, me tenía que frenar y cuidar.

Cuando me encontraba a escasos metros del camino, me encontré con un alambrado. Decidí cruzarlo y arriesgarme a que alguien me pueda considerar un extraño en su propiedad, en cuyo trataría de explicar que estaba perdido.  Las palabras HELP y LOST las pronunciaría bien.

A mi izquierda se podía observar Puerto Argentino y a mi derecha, el Monte Dos Hermanas. Opté por caminar hacia la dirección en que se encontraba Puerto Argentino, ya que el camino de piedra hacía imposible que pudiese correr. A mi regreso me enteraría que ese era el camino viejo hacia Monte Dos Hermanas. Era transitado por los Unimogs en plena guerra.

A medida que la silueta de las casas de Puerto Argentino iban tomando mayor tamaño, comencé a tener el mismo pensamiento del día anterior. Comencé a imaginarme el diálogo con el habitante de la única casa que hay en esa zona. Sin saberlo, me estaba acercando a Wireless Ridge. Unos metros antes de llegar, observo una camioneta Land Rover que pasa y toma un camino en subida. En ese momento tomé consciencia donde estaba. Había llegado al mismo lugar donde iniciamos el recorrido.

Volví a correr por el mismo camino que lo había hecho en el inicio de la etapa pero, esta vez con la alegría de saber hacia dónde me dirigía.

Ver la silueta de la camioneta siempre era una buena noticia pero, en ese contexto, mucho más. A medida que me acercaba a la misma no veía la silueta de José Luis ni de Alejandro. Era señal que aún me seguían buscando.

Llegué emocionado por todo lo que había pasado. Recorrí la camioneta pero mis amigos no estaban allí. Decidí subir a la misma colina desde donde Alejandro me había saludado por última vez. Empecé a caminar por allí buscando a mis amigos. Llegó un momento en que busqué la camioneta para orientarme y no la ví. Decidí regresar por mis pasos. Otra vez no iba a pasar por lo mismo.

Mientras regresaba, escuché voces a mi izquierda. Eran Alejandro y José Luis. Les grité e hicimos contacto visual. Nos alegramos de vernos y nos fundimos en un abrazo. Me retaron con razón pero, lo importante, era que estábamos juntos otra vez.

Subimos a la camioneta y allí decidimos que la etapa había terminado. Faltaba recorrer Puerto Cambert pero lo haríamos con la camioneta. Habíamos pasado mucho stress, se nos había hecho tarde y nos faltaban dos destinos antes de viajar a Darwin: Cambert y el aeropuerto viejo.

Emprendimos el viaje hacia la posición de Jorge Podestá, ingeniero civil y en construcciones de la facultad. La noche anterior me había enviado un audio indicando el lugar exacto donde se encontraba su posición.