Recorrido Día 1: Fitz ROY

Había llegado el día. El domingo 11 de diciembre de 2016 a las 11.30 hs comenzó el Desafío Unir Malvinas desde la puerta del Hotel Malvina House.

En pleno recorrido inicial se estaba desarrollando una competencia de running. Al otro día nos enteramos que se trataba de una Ultra maratón que se había iniciado en la Base Mount Pleaseant y que tenía como punto de llegada, Puerto Argentino. La primera de esa distancia que se organizaba en las islas. Me había cruzado con varios corredores. Todos ellos me saludaron muy amablemente y, con algunos de ellos, pudimos intercambiar palabras de aliento. Mi inglés del paleolítico provocó una de las primeras anécdotas. El primer corredor al saludarme dijo algo que interpreté como “Nice”, lo cual acompañó con una sonrisa amplia. Ni idea lo que quiso decir pero supuse que era un saludo amable, por lo que decidí agregarle un “very” a dicha frase cada vez que me cruzaba con un corredor o corredora. Todos saludaban muy afectuosamente levantando alguna de sus manos para chocar los “cinco” conmigo, hasta que uno de ellos se sonrió de más. Sospeché que había dicho cualquier cosa. Lo comprobé cuando llegué al punto de encuentro con José Luis y Alejandro, quienes hablan mucho mejor que yo. Nos reímos un buen rato de la situación.

En ese tramo de carrera, la temperatura era agradable, aunque comenzaba a nublarse. En los kilómetros iniciales había elegido usar la camiseta de Aldosivi como última prenda. Revivir esos momentos en los videos que grabó José Luis me emocionan al contemplar el verde y amarillo con el fondo del paisaje malvinero.

 

El 8 de junio de 1982, los barcos británicos Sir Tristram y Sir Galahad fueron atacados por aviones argentinos y gravemente dañados durante la descarga de tropas y suministros en Fitz Roy. En el ataque murieron más de 50 soldados británicos y otros 150 fueron heridos. Tres pilotos argentinos perdieron la vida en el ataque: el alférez Jorge Alberto Vázquez (24), el teniente Juan José Arrarás (25) y el teniente Danilo Rubén Bolzán.

En ese tramo del recorrido usaba las zapatillas para asfalto, ya que en la salida de Puerto Argentino predomina ese material. Más adelante comenzaría a modificarse el escenario. Se trata de un asfalto duro pero que permite correr con comodidad. Las zapatillas estaban haciendo su trabajo. Durante varios tramos pensé en Juan Ceriani, a quien no conozco personalmente pero fue quien me brindó un dato fundamental, la cantidad de kilómetros de asfalto que hay en la ruta enre Puerto Argentino y Mount Pleasant. Me escribió luego de leer una nota en La Nación y me  brindó toda su experiencia en los viajes a las islas. Tan importante fue su aporte que decidí comprar las zapatillas de calle que estaba usando y que serían fundamentales los días subsiguientes.  Seguramente, Dios lo puso en mi camino para que pudiese concretar el objetivo. No me cabe duda.

La única referencia de todo el camino que tenía era la zona dónde los turistas dejan sus zapatos y/o botas al costado de la ruta. Los isleños dicen que, quien deja su calzado allí, volverá. Nosotros no lo hicimos pero, seguramente, volveremos. Ese punto se encuentra a 10 km de nuestra partida. Cerca de allí se encuentra el Monte Harriet, el cual fue punto de encuentro en las dos primeras jornadas.

 

Monte Harriet

El Monte Harriet fue escenario de combates y, para recordar los mismos, se erige un pequeño memorial en la base del mismo. En dicho monte se desarrolló una de las acciones heroicas que más me han impactado de la Guerra de Malvinas. Allí, el Cabo Baruzzo le salvó la vida al Teniente 1° Echeverría, herido de cinco balazos. Si, había sido impactado cinco veces. Con sólo 22 años, lo atendió y enfrentó a los ingleses hasta que lo rodearon. A escasos metros, con tropas enemigas apuntándolo, sacó su cuchillo y se preparó para defender a su jefe. La historia no estaría completa si no contase que Baruzzo tenía el brazo izquierdo totalmente hinchado por haber sido herido por una esquirla en pleno ataque inglés en Monte Kent. Echeverría le había pedido que lo abandone para que pueda morir allí. Se encontraba en paz. Baruzzo pertenecía al Regimiento de Infantería 12, General Arenales. Los valores que ostentaba este soldado fueron determinantes para su conducta heroica. Por eso, Baruzzo no huyó. Acercó la cabeza de su jefe a su pecho y comenzó a llorar desconsoladamente. Era el jefe que siempre había deseado tener y no lo iba a dejar librado a su suerte. El cabo estaba utilizando un fusil que había capturado de un soldado británico muerto. Sin balas, observaba con su visor nocturno el avance inglés. Sacó su cuchillo. Vio la silueta del inglés con la bengala.  El jefe inglés le bajó el cuchillo con su fusil y lo abrazó paternalmente. Un gesto que sólo está reservado para los valientes que tienen honor. El inglés tomó el cuchillo del suboficial argentino totalmente cubierto de sangre, lo limpió en su ropa y se dirigió a sus subordinados. Todos ellos bajaron sus armas, se acercaron a nuestro héroe y lo palmearon en la espalda. Echeverría fue atendido por los médicos ingleses y salvó su vida.

Memorial Monte Harriet con Alejandro Chams y José Luis Polti

Sólo dos suboficiales del Ejército Argentino que estuvieron en Malvinas, recibieron la máxima condecoración a la que puede aspirar un hombre de armas argentino: la Cruz al Heroico Valor en Combate. Una de ellas fue para el Cabo Primero Roberto Basilio BARUZZO, la otra para el Sargento Primero Mateo SBERT, muerto en el combate de Top Malo House, a quien le rendiríamos homenaje en el Puente del Arroyo Malo, al día siguiente.

Dejamos atrás Monte Harriet. Cada cuatro, cinco o seis kilómetros nos volvíamos a encontrar. La camioneta era un puesto de alegría. Era aliento permanente. Fotos y videos. Todo iba quedando registrado. Fue en esos descansos que sentí la necesidad de grabar algunos mensajes. Uno para Ever Moriena y sus eternas recomendaciones sobre el clima. Sus consejos sobre el equipamiento técnico necesario para afrontar Unir Malvinas fueron imprescindibles. Ese mismo día estaba comprobando sus dichos: “el clima cambia rápidamente y tenés que estar preparado”. Vaya si lo estaba. El segundo mensaje fue para el amor de mi vida, Paula Kreitz. Ella me había dicho en más de una ocasión que en Malvinas me iban a aparecer fuerzas que no pensaba que tenía. Ese mismo día lo estaba comprobando y, los días siguientes aún más.

Esas mismas escalas me permitían cambiar calzado. Sucede que existen tramos donde la ruta es asfaltada y otros de ripio. Increíblemente, se alternan asfalto y ripio. Luego de recorrer 20 km aproximadamente, el ripio se apodera definitivamente del escenario. Había que adaptarse y cambiar permanentemente porque había llevado calzado para calle y para ripio. En el ripio podía usar las Adidas Glide BOOST pero las TR7 Kanadia impactaban mucho en el asfalto. Ese impacto se proyectaba en mi tobillo lesionado y era contraproducente usarlas en ese terreno. Les había pedido a Alejandro y a José Luis que, cuándo cambie de ripio a asfalto, detuviesen la camioneta aunque no hubiesen pasado cinco kilómetros. Al revés no había tanto problema pero debía reducir al mínimo la posibilidad de resentir mi lesión.

Cambio de calzado

Antes de llegar al kilómetro 25, el tiempo acompañaba. Aunque fresco, el silencio solo se rompía para escuchar el canto de los pájaros. Más adelante, el clima empeoraría. La camiseta de Aldosivi le había dejado su lugar a la campera de goretex. No había previsto llevar guantes, lo cual lamenté más adelante. El clima se hacía sentir en las manos pero el resto del cuerpo venía más que bien. La experiencia serviría y, el resto de los días los utilizaría casi siempre.

Antes de llegar a un guardaganado, la camioneta estaba esperando. La lluvia era copiosa. Tal como lo había previsto Ever Moriena, el clima había cambiado pero el viento no se había hecho presente en la magnitud que esperaba. Fue el momento en que volví a cambiar las zapatillas. Era momento de volver a las Kanadia, especiales para el ripio que me esperaba de allí en adelante. Mientras realizaba el cambio dentro de la camioneta, Alejandro y José Luis esperaban a la intemperie. Esa parada decidí recordar a Paula. Ella me había repetido varias veces que “cuándo estés allá te van a aparecer fuerzas que no pensás que tenés”. Tenía razón. Te veo muy bien, fue el comentario de Alejandro Chams. Corriste 35 km y estás mejor de lo que pensaba. Vaya a saber que se imaginaba. Mejor no pregunté. Nosotros estamos agotados fue el comentario de José Luis. Tenemos que comer algo, hacer un snack. Lo que parecía chiste era una realidad. Sólo disponían de un termo, el mío. Para colmo, no mantenía nada la temperatura. Después de media hora, el agua estaba tibia. Sin posibilidad de recarga en todo el trayecto, fue una factor limitante importante para todos pero, especialmente, para mis amigos. José me había preguntado varias veces si tenía que llevar su termo. Quédate tranquilo que llevo el de Aldosivi, era mi respuesta. No había calculado el tiempo que íbamos a pasar en la ruta y con esa cantidad de agua no podríamos hacer mucho.

A esa altura, los tres nos habíamos acostumbrado a saludar a cada automovilista que pasaba. Muchos de ellos habían frenado o bajado la velocidad para preguntar si estábamos bien o necesitábamos algo. Solidaridad pura que sería un común denominador a lo largo de los seis recorridos.

“Recién nos pegamos un susto”, comentaba Alejandro Chams, luego de haber seguido de largo con la camioneta y no haber visto el cartel que indicaba que había que doblar para llegar a Fitz Roy. Si bien en la última parada me lo había advertido, fueron poco más de 10 km que estuve corriendo sin saber que había pasado con ellos.

En ese tramo de carrera había optado por llevar el cinto de hidratación NOAF con sólo dos botellas de 250 cm3. Tenía un par de geles en forma de gomitas pero, la seguridad de encontrar la camioneta cada media hora o menos, me había permitido optar por correr más liviano. En varias ocasiones olvidé recargar las botellas porque me hidrataba o comía en la camioneta y volvía al camino lo antes posible. En la última parada previa al cruce de la ruta con el camino a Fitz Roy, me había pasado eso. Por lo cual, las botellas estaban bastante disminuidas en su capacidad. Cuando observé el cartel que indicaba la dirección para llegar a Fitz Roy me puse muy feliz. Sebastián Socodo, el argentino que nos había alquilado la camioneta, me había indicado que ese cartel se encontraba a un costado de la ruta. Me extrañó no encontrar la camioneta. Sobre todo porque era un lindo lugar para inmortalizar ese instante con una foto. Seguí corriendo pensando que mis amigos se encontrarían más adelante. Cuando hice un kilómetro aproximadamente y, luego de haber superado una de las pocas casas que existen a la vera del camino, supe que no habían doblado. No habrán visto el cartel. Volverán su marcha y lo encontrarán. Tranquilo, ya me encontrarán. Fueron pasando los minutos, los kilómetros y la camioneta no aparecía. La lluvia seguía haciéndose sentir, aunque la capucha de la campera estaba funcionando a la perfección. No quería mirar el reloj para no pensar en el tiempo que llevábamos perdidos. Tampoco tenía idea de cuanta distancia restaba para llegar a destino. Mi reloj no tiene GPS. Es un modelo similar al que usaba cuando dirigía, tiene hora y cronómetro. Lo indispensable.

El equipamiento y las técnicas de entrenamiento que utilizo los incluyo dentro del método “Conlo”. Con lo que hay, con lo que se puede, etc. Por mi indumentaria futbolística recibía los chistes de Marcelo Licnk, tal como lo adelante pero la sorpresa de mis amigos del triatlón, encabezados por Ever Moriena y Juan José Sirimaldi, cuando me vieron inicar la 301k sin traje de neoprene o sin trabas en la bicicleta, sino con punteras. Como lo hacían nuestros antepasados.

Cuando llegué al Memorial del Sir Galahad, había corrido  50 km. Había demorado un poco más de seis horas y media en realizar el recorrido. Si bien estaba mojado, no lo notaba ni me molestaba pero se me aflojaron las piernas y me arrodillé frente al Memorial, recé y seguí rezando hasta que mis amigos se acercaron.

Memorial Guardias Galeses

Todavía conmovidos por haber logrado el objetivo del primer día, nos aprestamos a grabar algunas palabras que brotaban de nuestros corazones. Fue así que José Luis, emocionado hasta las lágrimas, nos compartió: …”me siento muy emocionado. Hay que sentirlo para vivirlo. Es una forma de dar las gracias a la gente que se quedó acá. Nosotros pusimos nuestro granito de arena para no olvidar y ser mejores todos los días, en lo que hagamos”…En tanto que Alejandro Chams también compartió lo que sentía ante la cámara de video: …” llegar hasta acá y saber lo que significó para nosotros en la guerra es muy emocionante”…