Recorrido 2: Puente del Arroyo Malo

Amanecimos temprano. El punto de encuentro del equipo fue el restaurante. Íbamos a desayunar pero también a planificar el segundo recorrido. Google indicaba un camino de 37 km desde Puerto Argentino hasta el Puente del Arroyo Malo pero era un camino alternativo. No era pavimentado y tampoco sabíamos el estado en que se encontraba.

Tuvimos que cambiar el recorrido previsto y agregar 8 km. El camino planeado no estaba en condiciones para transitar. Ni siquiera con 4×4. El objetivo era el puente del Arroyo Malo. A escasos metros de allí se produjo el único combate entre comandos de toda la guerra: TOP MALO HOUSE.

 


El término “Malo” está relacionado con el puerto de Saint Malo, Francia. Una expedición francesa descubrió el sur del archipiélago en 1701. En 1706 los “malouinos” (originarios de Saint Malo) exploraron sus costas. De allí se origina el nombre Malvinas y, por supuesto, la denominación del arroyo.

Los primeros catorce kilómetros los conozco de memoria. Es el mismo camino que hice ayer. Cada cambio de terreno, las ondulaciones, las referencias. Todo. Ese conocimiento me brinda mucha seguridad. También a mis amigos que saben dónde detenerse para que cambie las zapatillas.

 

Estoy a menos de dos kilómetros de Monte Baruzzo —Monte Harriet—. A cuatro kilómetros de allí, debo doblar a la derecha. A partir de ese momento, el ripio toma protagonismo. Cada metro, cada curva, cada subida, todo es nuevo. No tengo ninguna referencia. El cielo amenaza con un aguacero.  Inhalo. Vuelvo a inhalar.  Mantengo mis pulmones llenos de aire por más tiempo que el habitual y exhalo con fuerza. Así, cambio el aire.

Llevo acumulados casi setenta kilómetros. El cielo empieza a cubrirse nuevamente, pero la temperatura no cambia.

Apenas empiezo a descender puedo ver la camioneta junto a un guardaganado. Apuro el paso. Tengo hambre. Quiero tomar la mezcla de proteína de suero de leche con nueces. A lo lejos, emerge un monte. Detrás de él, todo es oscuridad. El telón, ahora es gris. Un gris oscuro uniforme que no deja pasar nada de luz. Nubes. Tantas que tengo dificultades para distinguir el cerro. Cinco kilómetros atrás todo era claridad y, ahora, todo es oscuridad. El paisaje se repite. Piedras, pasto y ripio. Al frente, otra subida. La lluvia gana fuerza. El pañuelo térmico que llevo en la cabeza ayuda a mantener la temperatura y me defiende del frío.  El cielo gris se transforma en negro. Un negro intenso y monótono. Como los uniformes de árbitro de la década de los noventa.

El camino sigue presentándose en buenas condiciones, pero muestra charcos sobre los surcos de las huellas de los vehículos. Llevo casi ochenta kilómetros acumulados.

Recuerdo la narración del combate Top Malo House del libro “Comandos en Acción”:

 

—“En 1982, en plena guerra, antes de partir a la misión exploratoria, varios oficiales de la compañía de comandos 601 que lideraba el Mayor Castagneto, les advertieron a los integrantes de la patrulla que los ingleses tenían monitoreado el refugio ubicado sobre una elevación del terreno detrás del arroyo Malo. Lo habían utilizado en ocasiones anteriores y la última, casi habían sido cercados por tropas británicas. A pesar de ello, no les había quedado otra opción. Tenían la ropa muy mojada y no sobrevivirían una nueva noche a la intemperie. Cruzaron el arroyo con el agua helada hasta la rodilla. Los británicos descubrieron los movimientos de las tropas especiales argentinas y movilizaron a comandos especializados en Montaña y el ártico. Los ingleses atacaron la casa con todo lo que tenían. Los argentinos sorprendieron saliendo de la misma abriendo fuego. Es muy difícil encontrar un lugar para cubrirse en ese lugar. Así y todo, salieron y los enfrentaron”.

El enfrentamiento duró cuarenta y cinco minutos. Durante el combate de Top Malo House fallecieron el Teniente Ernesto Espinosa y el Sargento Mateo Antonio Sbert. En tanto que las fuerzas especiales británicas tuvieron tres heridos.

Bajo una copiosa lluvia llegaba a la ante última escala. El camino seguía presentándose en buenas condiciones pero mostraba charcos sobre los surcos de las huellas de los vehículos. Si bien presentaba algunos signos de cansancio, me sentía entero y muy motivado.

 

Arribé a la camioneta. Como siempre, José Luis estaba filmando al lado de la misma. Me saqué el pañuelo para trail que me había regalado Jorge Podestá. Lo venía usando desde hacía varios kilómetros atrás. Primero, en el cuello y después en la cabeza. Fue un gran aliado. Levanté mi brazo derecho y les dije a mis amigos: “si no veo mal, allá adelante está la estancia”. Ninguno de los dos me respondió por respeto pero deben haber pensado lo mismo que yo cuando vi la filmación en la tranquilidad de mi casa. El horizonte estaba todo cubierto. Todavía no se que vi.

La figura del puente se veía a lo lejos. Sigo avanzando mientras las ovejas comienzan a correr apenas divisan mi silueta. Las miro y les hablo pero me dan la espalda para comenzar a dirigirse al interior de los campos que la contienen. Un cabrito se ha escapado de su corral. Todavía no puedo entender como lo hizo pero está mirando a sus pares que se encuentran del otro lado del alambrado. Los mira e intenta arremeter contra la cerca divisoria. Una y otra vez. Lo observo en silencio sin poder ni saber cómo ayudarlo. Rápidamente se da cuenta que no logrará su cometido, con lo cual comienza a trasladarse en forma paralela al alambrado perimetral buscando un hueco que le permita lograr su objetivo. Extraña, seguramente. No quiere estar solo. Tenemos el mismo sentimiento. Se detiene cada veinte metros o un poco más. Mira y sigue. Dejo de observarlo y dirijo mi mirada hacia la izquierda. Es el lugar donde debería encontrar la estancia donde se desarrolló el combate de Top Malo House. Todavía no es el momento. Falta todavía. Mi ocasional compañero de ruta sigue sin lograr trasponer el alambrado.

Seguían transcurriendo los minutos y las distancias se acortaban. En la inmensidad del terreno solo escuchaba mis pasos y la lluvia fría que caía a mi alrededor. La misma lluvia que acariciaba mi rostro. Estoy realizando los últimos kilómetros sin utilizar la capucha. Me permite contemplar mejor el paisaje. A cada paso sigo buscando el puesto ovejero de la estancia. Había investigado que él mismo se encontraba a un kilómetro aproximadamente, en línea recta, desde la ruta y que dicho puesto había sido reconstruido en el mismo lugar del combate. Al otro día me enteraría que no había sido así. En dos ocasiones había visto, a lo lejos, una construcción que pensé podría corresponder al puesto ovejero. Cuando pasé por esos lugares, no había nada. Al día de hoy no entiendo si pudo haber sido una alucinación o verdaderamente estaban allí y la lluvia no me permitió encontrarlas.

El desnivel del terreno estaba a mi favor. Luego de superar una colina se presentaba ante mí, un descenso pronunciado de corta distancia. Al finalizar encontraría un sector llano que se interrumpiría por una pendiente en ascenso muy corta. Se caminaría, de todas formas. A pocos metros de culminar la subida estaba la camioneta. La última escala estaba a la vista. A mis lados, sólo vegetación y campo. Los animales habían desaparecido del escenario.

Habíamos superado la tormenta de granizo y la lluvia copiosa. El cielo se presentaba nublado, aunque se podían sentir algunos rayos de sol. Ese cambio de clima me había vuelto a beneficiar. La indumentaria elegida me estaba ayudando mucho. Se mojaba y se volvía a secar. La campera respondió siempre. Nunca dejó pasar una gota.

A la izquierda de la camioneta, en la última parada, se encontraba una estancia con sus construcciones características del lugar. Las típicas paredes y techos rojos junto a un pequeño establo. Se podía apreciar una pequeña caballeriza en construcción a unos metros del casco principal. La antena al ras del piso para las comunicaciones satelitales y el clásico molino eólico eran parte de las postales de cada construcción.

Al fin encontraba la estancia. El objetivo estaba cerca. Me lo había anunciado Alejandro Chams en la última escala. Fue en ese lugar donde les conté un poco más sobre el combate. El motivo por el cual nuestros comandos se habían guarecido del frío esa noche. A pesar que comandos de la 601, al mando del Mayor Castagneto, les había advertido que los ingleses tenían monitoreada ese refugio por haberlo utilizado en ocasiones anteriores. No les había quedado otra opción. Tenían la ropa muy mojada y no sobrevivirían una nueva noche a la intemperie. Desde la altura que nos proporcionaba el lugar del camino donde nos habíamos detenido, les indique el lugar aproximado donde suponía se había llevado a cabo el combate.

Hacía varios kilómetros que había olvidado de vigilar el cielo. La lluvia era intermitente. Sin duda, el hecho de que haya salido el sol y la ropa se haya secado fue de muchísima ayuda. Durante gran parte del recorrido me había convertido en un pensador compulsivo. Es la forma que tengo de hacer más corto el trayecto que me toca en suerte recorrer. Visualizo a mis seres queridos, situaciones ideales, recuerdo palabras de aliento pero, fundamentalmente, pienso que corro con cada una de las personas que quiero. Que me quieren. Que me alientan. En mis amigos que me esperan y en quienes estamos homenajeando. Trato de fijar lugares y situaciones en mi mente para poder narrarlas. Durante estos seis días tendré la invalorable ayuda de los videos y las fotos para facilitarle la tarea a mi cerebro cuando pasen varios meses de haber visitado estos paisajes hermosos llenos de historia.

Me despedí de mis amigos y encaré el último tramo de la carrera. Había buscado en internet el puente. Miré sus únicas dos fotografías disponibles en panoramio cientos de veces. Miraba el mapa de la ruta, otras tantas. Por un instante recordé al cordero que intentaba cruzar el cerco. Me pregunté si habría conseguido su objetivo. Más tarde pasaría por allí para verificarlo. Esta vez, más seco y con el abrigo de la camioneta.

Pasé por delante de la estancia. Ya estaba llegando. De repente, el camino comenzaba a descender. Pude observar la estructura de hierro del puente. Tomé la pendiente con una energía adicional. La que solo se encuentra en los últimos metros. Esa misma que los deportistas descubrimos tener a metros de la llegada y que nos hace preguntar:¿de dónde saqué esta fuerza? Llegué a una planicie corta. Luego, otro descenso. Estaba mucho más cerca. Seguía lloviendo pero no había charcos en el camino, el cual se presentaba muy firme. La camioneta se encontraba frente a un guardaganado, el que indicaba que nos encontrábamos en RiverView Farm. Antes de ella, a unos diez metros, una señal de tránsito que indicaba la velocidad máxima y el ancho del puente anticipaban que el destino se encontraba a pocos pasos de distancia. Alejandro y José Luis estaban esperando ansiosos. Se mojaban, como lo habían hecho durante gran parte del recorrido. Cada uno con una cámara en mano, esperaban mi llegada. Los últimos metros los transité rezando. Como en los entrenamientos, cada vez que salgo le pido a la Virgen de Luján y a mi ángel de la guarda que me protejan y al regreso, les agradezco el haberme acompañado. Mi padre es mi ángel de la guarda, así que siempre tengo algunas palabras extra para él. En cada recorrido en Malvinas hice lo mismo.

Los guantes los había dejado en la camioneta hacía varios kilómetros. Me habían servido para paliar el frío y, cuando el clima se había complicado a través de la intensidad de la lluvia, los seguí utilizando hasta que llegó un momento en que pesaban y no cumplían su función. Me sentía raro sin mis guantes pero me había adaptado a esa situación. El día anterior había soportado más frío y lluvia y había olvidado los guantes, así que no era una situación nueva.

Traspuse caminando el guardaganado. Seguí corriendo unos metros y me detuve. No estaba seguro de haber llegado a destino porque imaginaba mucho más grande el puente que tenía frente a mis ojos. Caminé y caminé. Hablé con Alejandro y José Luis. Quería seguir pero seguí pensando en el combate, en el mapa, en todo lo que sabía.  Estaba frente al puente del Arroyo Malo pero no tenía la magnitud que había ilusionado.

Sin dejar de filmar, José Luis me felicitó. Volví mis pasos sobre Alejandro.

Llegamos al puente del Arroyo Malo. Habíamos iniciado el recorrido a las 10.30 hs. Cinco horas y media después habíamos terminado. Llegaríamos a cenar. Era una gran noticia.

 

Si el día anterior había puesto a prueba la campera con goretex, este día se consagró. Hicieron lo propio el pantalón de salida de Aldosivi (marca Kappa) y la ropa interior Andros. El club de mis amores fue un apoyo más que importante. Aportó indumentaria y la cámara PcBox con la que pude registrar varios de los puntos más importantes de los recorridos. El pantalón fue IMPORTANTÍSIMO porque está hecho con una tela similar a las de la malla. La ropa interior ANDROS fue otro gran acierto. Está confeccionada con poliamida. Esta ropa se secó completamente cuando volvió a salir el sol y, si bien se volvió a mojar cuando llovió fuerte, me permitió encarar el último tramo de la etapa seco. La ropa no pesaba. Ni el pantalón, ni la campera. En grandes distancias es algo que se agradece mucho.
Las zapatillas Adidas TR7, una de mis lovemarks, fueron esenciales para todos los recorridos de ripio, sobre todo con lluvia. Apenas regresé, estas zapatillas viajaron a Río IV, como regalo a una de las personas que me apoyó y que fue parte fundamental en la organización de “Unir Malvinas”, Ever Moriena.