Capítulo 35: Epílogo Carballo

La vida es una sucesión de hechos rutinarios y significativos, que se unen como los eslabones de una cadena. Mientras escribía esto, pensé que a los hechos rutinarios los debería representar con eslabones más pequeños, y a los significativos, con eslabones más grandes, pero luego comprendí que debían ser iguales. En las cosas simples de la vida, está la verdadera felicidad y las significativas, sean buenas o malas, nos dejan una marca que no se borra jamás. ¿Cómo inciden en nuestra vida? Si las sabemos valorar, disfrutando las simples cosas, agradeciendo las grandes cosas, como ser padres del vientre o del corazón, o sacando experiencias positivas de las cosas malas que nos ocurrieron, iremos llenando un cofre de tesoros que nos harán inmensamente ricos. Buena memoria para lo bueno, mala memoria para lo malo. Nacemos para morir, morimos para nacer.

En esta vida tenemos una misión que cumplir. Si no la cumplimos, otro saldrá a morir por nosotros, a trabajar por nosotros, a servir por nosotros. ¿Cómo sabemos cuál es nuestra misión? Dios nos la dirá desde el sagrario por la boca de un amigo, por medio de un desconocido o por un libro. Cuando nuestra verdad llega, podemos seguirla o ignorarla, pues la verdad trae compromiso, la verdad trae cruz porque lo bueno es costoso, doloroso y difícil de cumplir. Lo malo parece fácil, como manejar una bicicleta en una calle con una bajada suave, en medio de un prado rodeado de flores.

A los sueños hay que empujarlos con transpiración, por eso es más fácil evadir las responsabilidades que asumirlas. Por eso, yo, que conozco el tremendo dolor de rendirme, vencido por la prepotencia y la injusticia, vivo en un mundo en el cual hay mucha gente que se rinde ante la primera adversidad.

Estrecho de San Carlos de fondo

Dicen que hay personas luz y, son aquellas que llegan a una reunión, todos los que están allí sonríen. Esas personas se caracterizan por tener un rostro transparente, diáfano como un cielo sin nubes después que ha pasado un frente frío.

Cuando vi por primera vez a Alejandro, me sorprendió su rostro limpio, de grandote bueno. Dios puso palabras en mi boca. Él corría, pero no sabía para que, como Forrest Gump. Pero Dios quería que corriera por Malvinas, para limpiar con una servilleta suave y muy grande, la suciedad que surge de las injusticias, de las hipocresías, del poder que lleva a las guerras, demostrando que el amor siempre triunfa, que el amor es como el cielo. Está allá arriba y nunca la suciedad de la tierra lo alcanzará. Es puro como un avión, como escribiera acerca de mi primer libro “Dios y los Halcones”, mi amigo Fulgencio Lezcano.

El amor tiene en sus bolsillos muchas palabras escondidas, como defensa de la vida, verdad, bien común, servicio, humildad, entrega, ternura, delicadeza, trabajo, esfuerzo, sacrificio, patriotismo, honor, sinceridad, desprendimiento, estudio, compromiso, espíritu, belleza, alegría y felicidad.

Les digo a mis cadetes que se nace para salvar el alma y el cuerpo, que el día del juicio final Dios nos preguntará: ¿Cuánto amaste? ¿Qué hiciste con la vida que te dí? ¿Fuiste feliz? Nadie puede ser feliz en soledad. Todo es obra de muchos. El que llega a médico, llega por su esfuerzo, por la educación de sus padres, por la preocupación de sus profesores, por la novia que lo empujaba. Somos un ser único, pero también somos un equipo.

Hablando de novias, un día conocí a la novia de Alejandro, Paula. Me pareció alguien muy especial, con sensibilidad y firmeza. Recuerdo que un día Tomcito -el hijo de mi heroico y querido amigo Tom Lucero, ya fallecido-, me dijo que abandonaba sus estudios porque a su novia no le gustaba que él fuera oficial. Le dije: “Mujer que te aparta de tu vocación, no es para vos”.

Y así, por el esfuerzo de muchos y la voluntad de Alejandro Scomparin, quien vio su misión y la abrazó. Luego, empujó su sueño con transpiración y lo concretó con Paula, con sus dos amigos que lo acompañaron en las islas y, con todos aquellos que sumaron. Él corrió por Malvinas y unió corriendo los cementerios de los soldados argentinos e ingleses en un abrazo que llegó hasta el cielo, que unió héroes de ambos bandos, viudas y huérfanos, hermanos que la injusticia de los hombres enfrentó. Allí rindieron honores, se cantó el himno, se dejaron flores sobre las tumbas de ambos cementerios y, una vez más, el amor triunfó.